Agricultura

Cuatro ideas para un activismo climático que sí impacte el sistema alimentario

En un artículo anterior sobre la ganadería en Costa Rica problematizamos los alcances de la acción climática basada en patrones de consumo y brindamos algunos matices para considerar el consumo de carnes rojas en el contexto costarricense. Al final nos preguntábamos qué transformaciones podríamos buscar para que nuestra acción climática sea más significativa y para que tenga mayor impacto en la transformación de los sistemas alimentarios.

Nos centraremos más en la primera y la última parte del sistema alimentario: la producción y el consumo, que son las que tienen más potencial para ofrecer soluciones al cambio climático, según la mejor evidencia científica disponible actualmente. 

La propuesta son cuatro fundamentos que pueden servir tanto para tomar decisiones a nivel individual, como para articular acciones con otras personas como consumidores/as, activistas, o ciudadanía preocupada por el cambio climático.

1. La pirámide alimenticia pasó a mejor vida

Conocemos la clásica pirámide alimenticia como una orientación general sobre cómo debe ser nuestra dieta.  Sin embargo, no es un modelo basado en objetivos científicos para el sistema alimentario universales, aplicables a todas las personas ni mucho menos al planeta. 

La Dieta de la salud planetaria, en cambio, es una propuesta más actualizada que no sólo se basa en consideraciones de salud, sino que es consistente con muchos patrones de alimentación tradicionales. No implica que toda la población mundial deba comer exactamente lo mismo, ni tampoco prescribe una dieta exacta. En cambio, habla de grupos de alimentos y rangos de ingesta para que cada localidad la adapte a su cultura, geografía y demografía. Inclusive se puede acoplar a las preferencias personales.

Un plato de salud planetaria, a grandes rasgos, debe tener la mitad compuesta por verduras y frutas, y la otra mitad por una combinación de granos enteros, proteínas vegetales, aceites vegetales insaturados y, opcionalmente, cantidades modestas de proteínas de origen animal y vegetales almidonosos.

Fuente: Informe Resumido de la Comisión EAT-Lancet en español.

De modo que para el caso costarricense, primero se debe apuntar a escalar este modelo y mejorar el acceso a las dietas saludables en general. Para 2019 la inseguridad alimentaria subió a un 25,5%, y la obesidad a un 25,7%. Se calcula que en Costa Rica una dieta saludable según los estándares de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) tiene un costo por día por persona de 3,97 USD. Actualmente, un 11,8% de la población no puede costearla.

2. Ninguna solución que vulnere derechos

Cualquier transformación del sistema alimentario debe estar orientada por un enfoque de derechos humanos y sospechar de las “soluciones” a los problemas de malnutrición o al cambio climático que los pasen por alto. 

Por ejemplo, los pueblos indígenas tienen algún grado de aprovechamiento de los animales, lo cual debe ser revisado en el marco de sus demandas de autonomía y soberanía alimentaria territorial. Otras comunidades de fuerte base tradicional tienen prácticas productivas que han permitido su sustentabilidad durante mucho tiempo. En algunos casos, la reducción drástica del consumo de derivados animales no solo llevaría a una dieta desbalanceada, sino también a la desnutrición y a la pérdida de modos de vida.

Sistema Alimentario: Foto fumigando cultivos
Foto: Carla Orozco Odio

De ahí que es importante hacer una diferencia entre prácticas culturales y dinámicas de mercado. No es el sujeto, sino el modelo económico, quien determina los parámetros de consumo y producción. Nuestras economías funcionan en torno al extractivismo y el colonialismo para el beneficio de otros países y sus élites, que después se benefician de dejar las responsabilidades al consumidor final y las “externalidades” al ambiente y a las personas vulnerables.

Si nos guiamos por los principios de la justicia climática, las responsabilidades por el cambio climático deben ser comunes pero diferenciadas. Costa Rica aporta 15,6 toneladas métricas de CO₂e, lo cual significa apenas un 0,03% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. De ahí que nuestro activismo es más útil para el sistema alimentario local y global cuando prioriza la adaptación, y la atención de los daños y pérdidas causados por los impactos climáticos, especialmente porque somos un país altamente vulnerable.

El cambio climático continuará impactando. Sin medidas combinadas del sistema alimentario en la gestión de las fincas, de las cadenas de suministro y de la demanda, los efectos adversos incluirán un mayor número de personas desnutridas e impactos a los pequeños agricultores. Se necesitan transiciones justas para abordar estos efectos.

La cultura, además, es un derecho y la cultura alimentaria es una fuente de identidad, por ende, debe ser tomada en cuenta a la hora de adoptar cualquier acción climática, fortaleciendo métodos de producción y consumo de alimentos culturalmente apropiados que respeten a las comunidades, a su patrimonio cultural y al ambiente.

3. Elegir nuestras batallas

A este punto, entonces, entendemos que la sola acción de eliminar la carne no transformará el sistema alimentario actual. Si bien algunas acciones individuales son suficientes para mantenernos dentro de límites planetarios específicos, ninguna intervención individual es suficiente para estar por debajo de todos los límites simultáneamente. La parte positiva de esta complejidad es que cada sector de la sociedad y cada persona puede aportar en muchas maneras. ¿Qué debemos tomar en cuenta?

Se ha reconocido que los sistemas alimentarios tienen impactos ambientales en toda la cadena de suministro, desde la producción hasta el procesamiento y la distribución, y además van más allá de la salud humana y ambiental al afectar también a la sociedad, la cultura, la economía y al bienestar de los animales. 

Aunque existen diversas opiniones entre los/as activistas climáticos sobre el papel del ganado en todo esto, se comparte la crítica a los agronegocios, entre ellos la agricultura industrial, por las consecuencias socioambientales de  su dependencia de los monocultivos, los agroquímicos y el acaparamiento de tierras.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) afirma que las dietas equilibradas, que incluyen alimentos de origen vegetal, y alimentos de origen animal producidos en sistemas resilientes, sostenibles y con bajas emisiones, presentan grandes oportunidades para la adaptación y mitigación al tiempo que generan importantes co-beneficios en términos de salud humana. 

La Comisión EAT-Lancet apunta a una transformación del sistema alimentario que busque el compromiso internacional y nacional para cambiar hacia dietas saludables, reorientar las prioridades agrícolas: pasando de producir grandes cantidades de alimentos a producir alimentos saludables, intensificar de forma sostenible la producción de alta calidad, aplicar una gestión firme y coordinada de la tierra y los océanos, y reducir al menos a la mitad la pérdida y el desperdicio de alimentos.

Cualquier acción individual o colectiva que apunte a alguno de estos aspectos, sin duda es necesaria para que avancemos hacia esta transformación con mayor rapidez.

4. Soluciones con respaldo científico y tradicional

La agroecología es a la vez una ciencia, una práctica y un movimiento social. Entendida como ciencia, la agroecología es el estudio integrador de la ecología del sistema alimentario en su conjunto, la aplicación de conceptos y principios agroecológicos en el diseño y la gestión de sistemas alimentarios sostenibles y la integración de la investigación, la formación, la acción y el cambio que aporta sostenibilidad a todos los componentes del sistema alimentario: ecológicos, económicos y sociales.

Como práctica, busca mejorar esos agroecosistemas que estudia, a partir del aprovechamiento de procesos naturales, generando interacciones y sinergias biológicas beneficiosas entre sus componentes. La agroecología se ha posicionado como la propuesta con mayor respaldo científico y técnico, incluyendo el de la FAO, y consistente con lo que antes se mencionó del IPCC.

Sistema Alimentario: Cultivando remolacha
Foto: Carla Orozco Odio

Como movimiento social, la agroecología es contemplada como una solución al cambio climático y a la malnutrición de forma segura y justa. Apoya a diversas formas de producción de alimentos a pequeña escala y a la agricultura familiar, agricultores y comunidades rurales, la soberanía alimentaria, el conocimiento local, la justicia social, la identidad y cultura local, y los derechos indígenas sobre semillas y razas pecuarias.

Esta transformación debe caminar de la mano de políticas públicas que cuiden al sujeto socioeconómico clave del cambio: que otorguen un papel central a las pequeñas productoras/es de alimentos y trabajadoras/es rurales y urbanos en su diseño e implementación. Que, como se apuntó antes, sean coherentes con los diferentes instrumentos jurídicos nacionales e internacionales pertinentes, como la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos/as y de Otras Personas que Trabajan en las Zonas Rurales. Así, poder hacerle frente a la captura corporativa de la agroecología que pretende una transición ecológica parcial y sin justicia social.

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