La COP30 terminó en Belém rodeada de símbolos poderosos: el Amazonas como “corazón climático” del planeta, los diez años del Acuerdo de París, miles de personas de pueblos indígenas, juventudes y organizaciones en la Cumbre de los Pueblos. Pero cuando se apagaron los micrófonos de la plenaria final, la sensación que quedó, especialmente para América Latina y, dentro de ella, para Centroamérica, fue de vacío: muchos discursos, pocas decisiones a la altura, y casi ningún avance real para quienes ya están perdiendo casas, tierras y vidas por la crisis climática.
Mientras Colombia, junto con otros actores progresistas, impulsaba una declaración paralela exigiendo la eliminación progresiva de los combustibles fósiles, dentro del proceso formal de la COP30 el tema volvió a quedar fuera del texto final. Esta desconexión es un síntoma profundo del desequilibrio de poder en el que el 1% sigue tomando las decisiones, definiendo el rumbo climático global desde los intereses de la industria fósil y de los Estados con mayor peso económico. El contexto geopolítico de derechización global, la guerra en Ucrania, la agresión en Palestina, y las tensiones entre Estados Unidos y China moldearon una negociación incapaz de llegar al consenso que la ciencia y los pueblos reclaman. El resultado fue un paquete político debilitado, con 29 textos que no estuvieron a la altura de una COP que debía marcar un punto de inflexión, especialmente para las regiones que ya viven los impactos irreversibles del calentamiento global.
Un multilateralismo que llega tarde y mal
Diversas organizaciones y redes de la sociedad civil han calificado el resultado de la COP30 como “insuficiente” para enfrentar la crisis climática. El llamado “mutirão mundial” no logró resolver los temas centrales: mitigación, deuda climática, daños y pérdidas, y financiamiento justo.
La COP30 ofreció “pasos de bebé” donde se necesitaban saltos históricos, como ha señalado desde diversos frentes. La temperatura global sigue acercándose peligrosamente a puntos de no retorno, como lo han recordado tanto académicos como redes de justicia climática.
América Latina en la primera línea… pero fuera del centro de las decisiones
En un artículo titulado “Centroamérica, la gran olvidada de la COP30”, se señala que las dinámicas de poder, las prioridades geopolíticas y la agenda negociadora terminaron dejando de lado a las naciones centroamericanas.
el mutirão fue descrito como un “paquete inconcluso”, en el que los compromisos sobre mitigación estructural, transición energética, financiamiento climático y justicia según vulnerabilidad quedaron diluidos.
Centroamérica, una de las regiones más vulnerables del planeta frente a huracanes, sequías prolongadas y pérdida de medios de vida, quedó prácticamente ausente del relato oficial de la COP30. Mientras estas comunidades viven la crisis en tiempo real, el resultado de la cumbre se traduce en promesas a 2035 y mecanismos todavía atados a la lógica de los grandes intermediarios financieros y los Estados, no de las comunidades que reportan los daños y pérdidas desde el territorio.
Formalmente, Belém sí incluyó decisiones sobre el fondo para pérdidas y daños (Loss and Damage): se adoptó el informe 2025 del fondo y se le dio nueva orientación para su fase de arranque. Se anunció además la apertura de su primera convocatoria.
Pero entre lo que está escrito en la letra del texto y lo que se vivió en las salas hay una brecha enorme:
- El fondo arranca con recursos muy limitados y sin cambios sustantivos en el acceso directo para comunidades, replicando modelos burocráticos y de intermediación ya conocidos.
- Varias organizaciones de justicia climática señalaron que el dinero para responder a daños y pérdidas fue “pasado por encima” en el acuerdo, eclipsado por debates sobre transición energética sin compromisos reales de eliminación de combustibles fósiles.
- Persiste la lógica de “ayuda” o “solidaridad voluntaria” y no el reconocimiento claro de obligaciones de reparación por parte de los Estados históricamente más responsables de la crisis climática, lo que muchos interpretan como una forma de evadir responsabilidades estructurales.
En otras palabras: el acuerdo retoma “pretextos” de financiamiento y adaptación, pero apenas roza la superficie de lo que significa justicia climática, reparaciones reales y dignidad para quienes ya sufren pérdidas irreversibles.
Reparaciones climáticas en “La COP del Pueblo”
Dentro del venue oficial de la COP30, las reparaciones climáticas quedaron prácticamente fuera del marco negociador. El lenguaje diplomático se centró en “financiamiento”, “mecanismos de implementación” y “acceso a recursos”, pero evitó nombrar la responsabilidad histórica y las obligaciones jurídicas de los Estados más emisores. Aunque hubo discusiones sobre el Fondo de Daños y Pérdidas, estas se movieron sobre un eje técnico y financiero que dejó por fuera la esencia del reclamo de las comunidades: que los daños irreversibles no se resuelven con asistencia, sino con reparación. Esta omisión no es menor: significa mantener la arquitectura climática global en una lógica de ayuda voluntaria, en lugar de reconocer que los territorios más afectados tienen derecho a la restitución, compensación y garantías de no repetición.
Incluso en el espacio de la sociedad civil organizada, el lenguaje de reparaciones brilló por su ausencia: ni la declaración de DCJ LATAM ni el comunicado de CANLA utilizaron el término, pese a que las comunidades centroamericanas han insistido en que la reparación, y no solo el financiamiento, debe guiar la respuesta a los daños y pérdidas irreversibles. Esta ausencia reproduce la tendencia de la COP30: hablar de “recursos”, “mecanismos” y “accesos”, pero no de responsabilidad, justicia ni obligaciones reparadoras de quienes más han contribuido a la crisis climática.
Fuera del venue, en espacios sociales, pabellones comunitarios y encuentros paralelos, la conversación fue muy distinta. Organizaciones, movimientos indígenas, juventudes y redes de justicia climática colocaron las reparaciones como un tema central, vinculándolo con la pérdida de territorios, el desplazamiento forzado, la ruptura cultural y el impacto emocional y económico de los eventos climáticos extremos. Desde Centroamérica, colectivos y defensoras expusieron cómo la crisis ya está fracturando vidas y economías locales, mientras que los mecanismos multilaterales siguen respondiendo con procedimientos lentos y fondos insuficientes. En estos espacios, lejos de las mesas formales, se habló con claridad: el cambio climático no solo exige financiamiento; exige reparación por daños que nunca debieron ocurrir y cuya carga no deben seguir asumiendo quienes menos contribuyeron al problema.
De la cumbre a los territorios: ¿qué hacemos con este cierre?
Si algo deja claro la COP30 es que las soluciones no van a venir solo de las salas de negociación. Para Centroamérica y el resto de América Latina, el cierre de Belém puede leerse como un recordatorio incómodo, pero necesario:
- Reforzar la incidencia desde los territorios
Los procesos comunitarios de monitoreo de daños y pérdidas, ciencia ciudadana y observatorios locales, son herramientas clave para documentar la crisis desde abajo y exigir recursos con evidencia propia, no solo con cifras globales. - Empujar la conversación de reparaciones más allá de la COP
La agenda de reparaciones climáticas, con raíces en el derecho internacional de los derechos humanos y la justicia ambiental, tiene que seguir avanzando en cortes regionales, espacios de sociedad civil, parlamentos y procesos locales, aunque la palabra “reparaciones” incomode a los textos negociados. - Tejer alianzas estratégicas Sur–Sur y Sur–Norte. La coincidencia entre ONG latinoamericanas y europeas en la crítica a la COP30 abre espacio para alianzas que presionen por reformas profundas al régimen climático, incluyendo reglas de conflicto de interés y cambios en la forma en que se toman las decisiones.
- Poner a Centroamérica en el mapa político, no solo en el mapa de riesgos. La región necesita pasar de ser descrita solo como “zona altamente vulnerable” a ser reconocida como sujeto político con propuestas concretas sobre financiamiento, gobernanza y mecanismos de reparación.
Cierre de Belém
Belém nos deja una imagen contradictoria: una COP en el corazón del Amazonas, rodeada de luchas por la vida, pero con decisiones que siguen teniendo más miedo a molestar a la industria fósil que a fallarle a las comunidades en primera línea.
Para Centroamérica y América Latina, el mensaje es claro: el cierre de COP30 no es un punto final, sino un punto y seguido en la disputa por la justicia climática y las reparaciones. La tarea ahora es transformar la frustración en estrategia, la ausencia en organización y el olvido en una agenda regional que sepa decir, con fuerza y desde los territorios: no queremos caridad climática, exigimos reparaciones.
María Angélica Cordero Gamboa
Investigadora La Ruta del Clima
08/12/2025
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